¿Cómo nace la creencia en lo divino? ¿Cómo influye la idea de Dios en la vida humana? Son preguntas que nos remontan a los inicios de la humanidad. Seguramente los primeros grupos humanos trataron de explicar las distintas realidades de la naturaleza que presenciaban cada día: la lluvia, la noche, un temblor, la vida, la muerte, el nacimiento de un ser. En estos momentos aparecen los mitos como herramientas indispensables para darle sentido a esas realidades inexplicables. Los mitos no niegan la realidad, ni encubren con mentiras la incertidumbre de lo inexplicable. Por el contrario, estos relatos reflejan la cosmovisión del mundo y una manera de entender la vida. Detrás de estas narraciones míticas se encuentra la presencia de lo divino. Y con ello, la necesidad de creer en esa realidad sagrada para entender la vida humana. Visto así, podríamos afirmar que no hay ser humano que pueda vivir sin creer en algo. Algunas veces se creerá en Dios o en la ciencia, o en la naturaleza; el mismo ateísmo pregona la creencia que Dios no existe.

Lo interesante de las corrientes religiosas es que éstas configuran la existencia del ser humano, pues las personas piensan, actúan, conciben la vida y la muerte según sus credos.

Actualmente, el mundo está lleno de distintas creencias, por ejemplo, hoy es muy común que se diga “soy agnóstico” o “yo soy ateo” o bien, “yo soy creyente católico”. En relación a la primera expresión habría que decir que el término “agnosticismo” es una palabra cuyo prefijo “a” significa sin, y la palabra “gnosis” hace referencia al conocimiento, mientras que el sufijo “ismos” nos habla de una doctrina. Así, la palabra “agnóstico” significa, literalmente, “sin conocimiento”. Tomando en cuenta lo anterior, el agnosticismo sería la doctrina que señala que no es posible tener conocimiento de Dios o de un ser supremo. Por lo tanto no se puede probar la existencia de Dios.

Aunque el agnosticismo parece identificarse con elescepticismo [1]Cornelio Fabro en su libro, Drama del hombre y misterio de Dios [2], explica que no deben confundirse, ni identificarse con algún “credo religioso” porque el agnosticismo se sitúa en una posición de neutralidad entre la afirmación y la negación ante los problemas del Absoluto. Los agnósticos creen que no debemos ni creer ni negar la existencia de Dios, simple y sencillamente porque es imposible probar una u otra cosa.

Ahora bien, vale la pena hacer un paréntesis para aclarar dos términos que por sus raíces se asemejan pero tienen distintos significados. Me refiero a los términos: “gnosticismo” y “agnosticismo”. El gnosticismo fue una doctrina herética de los primeros siglos de la era cristiana basada en corrientes neoplatónicas. El gnosticismo afirmaba el dualismo antropológico cuerpo y espíritu; evidentemente esta doctrina daba una mayor preponderancia a la dimensión espiritual. También el conocimiento ocupaba un lugar privilegiado. Para los gnósticos, el conocimiento divino representaba la verdad más elevada, la cual sólo era conocida por unos cuantos. Y como ya se podrán imaginar, los gnósticos se veían como una clase privilegiada por su más alto grado de conocimiento de Dios. De este pensamiento se deduce que la salvación se gana con la adquisición del conocimiento divino que saca al creyente de las tinieblas. Debido a estas consideraciones doctrinales, el gnosticismo fue combatido por la teología de los padres de la Iglesia y por los distintos Concilios efectuados entre el siglo II a IV d. C.

Cierro este paréntesis para retomar el agnosticismo, que como señalé arriba, declara que es imposible probar la existencia de Dios. En cierta forma hay algo de razón en esto. Pero habría que matizar ¿en qué sentido? Ciertamente la existencia de Dios no puede comprobarse desde una ciencia empírica positivista, pero a la luz de la doctrina cristiana ello no quiere decir que la fe cristiana sea irracional.

Desde el punto de vista cristiano se afirma la existencia de Dios, aunque varios creyentes argumentan su fe desde comentarios poco sólidos: “yo creo en Dios porque me lo inculcaron mis padres”, “yo tengo fe porque nací dentro de esta religión”. Este tipo de argumentos son poco convincentes para justificar la fe en Dios. Por eso es necesario acudir a una explicación más fiable. Por ejemplo, el Papa Juan Pablo II en una audiencia general [3], en relación al credo católico, dijo que las palabras “Creo en Dios” expresan ante todo, la convicción de la existencia de Dios. Según la doctrina de la Iglesia, la verdad sobre la realidad Divina es creíble siempre y cuando la razón se vea libre de prejuicios. De este modo, se puede llegar a la idea del “Dios Creador” del que habla el Antiguo Testamento. Santo Tomás de Aquino ya había abordado esta idea en el siglo XIII cuando intentó demostrar la existencia de Dios por medio de cinco argumentos filosóficos [4]. En dichos planteamientos se habla de la “Causa Primera” de todas las cosas.

Detrás de esta idea del “Dios Creador” se encuentra la existencia de una inteligencia suprema, creadora y ordenadora del universo. Por otro lado, expresar “creo en Dios”, manifiesta a un Ser que se ha revelado a sí mismo. Los teólogos católicos hablarán del Dios que se autorrevela, es decir, del Dios que se comunica al hombre. Y la revelación por excelencia está en el mismo Hijo de Dios, Jesucristo. También el credo cristiano en su carácter de confesión de fe responde a un Dios que se ha comunicado al hombre viviendo sus mandamientos y así, el creyente logra tener esa experiencia de Dios.

Ante estas creencias, el ateísmo se adhiere a un sistema de pensamiento y de explicación del mundo, de la historia y del ser humano, según el cual, la no existencia de Dios es una afirmación que apela a la experiencia de la razón. En otras palabras, el ateísmo niega la existencia de un Dios personal. Parece que esta consideración crece con mayor intensidad en la modernidad cuando la razón desplazó a la fe. Y desde el inicio del periodo moderno del siglo XVIII, el hombre empieza a construir su mundo a espaldas de Dios.      

Actualmente, el término ateo define a las personas cuyo ser Absoluto no representa nada en sus vidas, no corresponde a nada en su universo mental o afectivo. En otras palabras, Dios ya no forma parte del horizonte del sentido de la vida ni de su cultura. Es, por cierto, el primer sentido de la palabra ateo, sin Dios. Pero ser ateo no es un crimen y detrás del rechazo de Dios puede existir la búsqueda elevada de Dios.

Además, es curioso que en ocasiones quienes se dicen ateos o agnósticos, denuncian las malas prácticas religiosas de una comunidad antes que los mismos creyentes. Tal vez esto se debe a que no han vivido esa experiencia de Dios, donde también se descubre el lugar de Dios en la propia vida. Entonces Dios se hace creíble y se convierte en una de las realidades prioritarias de la propia existencia y sin duda, la mayor.


[1] Corriente filosófica griega del siglo IV a.C., cuyo representante es Pirrón de Élis. Los escépticos enseñaron que es imposible conocer la verdad de las cosas. Así pues, lo más sensato era no hacer juicios y poner todo en duda.

[2] CORNELIO FABRO, Drama del hombre y misterio de Dios, Rialp, Madrid, 1977, pp. 154-155.

[3] Podemos ver el texto completo de  Juan Pablo II, AUDIENCIA GENERAL, miércoles 31 de julio de 1985. La página web es la siguiente: https://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/audiences/1985/documents/hf_jp-ii_aud_19850731.html

[4] Cfr. Tomás de Aquino, S. Th., I, q.2. a.3.

Lic. Miguel Mendoza Roldán. Profesor del Centro de Estudios Filosóficos Tomás de Aquino (CEFTA), licenciado en Filosofía por el CEFTA y maestro en Teología y Artes por la Escuela Dominicana de Filosofía y Teología de Ottawa, Canadá.
Imparte las materias de antropología filosófica, ética fundamental, ética social y filosofía del trabajo y de la técnica.

Este artículo forma parte de la Revista Alternativas 104, si quieres ver la revista completa da clic aquí.