Cuando reflexionamos acerca del origen de la espiritualidad en el hombre inevitablemente surgen multitud de interrogativas. No obstante, siempre parece suceder que no encontramos respuestas completamente satisfactorias a las cuestiones planteadas: ¿por qué todos los hombres de todas las culturas tienen religiones? ¿Es acaso la espiritualidad una característica propia de la esencia de la humanidad? ¿Se debe a que efectivamente existen todas esas divinidades y por ello tenemos en nuestro interior las preconcepciones de su existencia? ¿O más bien ser espiritual se debe a alguna necesidad psicológica interna y general del hombre como, por ejemplo, la de intentar eliminar el miedo a la muerte? ¿O quizás tiene que ver con algún gen humano que biológicamente nos condiciona de antemano a creer en seres superiores?

Aunque unas más rigurosas que otras, al día de hoy podemos decir que existen gran cantidad de teorías acerca del origen de la espiritualidad en el hombre. Sin embargo, de entre todas ellas hay una que particularmente llama la atención tanto por sus argumentaciones tan contraintuitivas como por su capacidad para ajustar con precisión sus conclusiones a los hechos y periodos históricos. Estamos hablando de las tesis asumidas en el libro El animal divino (1995) escrito por el filósofo español Gustavo Bueno.

En esta obra se sostiene que la religión y la espiritualidad tendrían su origen nada más y nada menos que en la relación de enfrentamiento biológico que los hombres prehistóricos del Paleolítico (hace unos dos millones de años) mantenían con los animales salvajes de su entorno. Ahora bien, ¿cómo es esto posible? Según las conclusiones de El animal divino, a lo largo de la historia se distinguen tres grandes fases de la religión:

1) Las religiones primarias comenzarían en las últimas etapas del Musteriense y finalizarían en el Magdaleniense, periodo histórico caracterizado por el hecho de que los animales se presentarían como los primeros dioses de los hombres prehistóricos. Mientras que el hombre primitivo luchaba por sobrevivir sufriendo con tremendas dificultades, el animal salvaje (león, tigre, elefante, serpiente, escorpión, oso, etc.) lograba adaptarse con facilidad a la naturaleza. Cuestión que sin duda demostraba que, en términos práctico-adaptativos, en esta etapa los animales eran completamente superiores a los hombres primitivos. Tanto era así que, en esta fase, el hombre percibió por primera vez los atributos divinos en tanto que desplegándose en las carnes de los animales, como son la omnipotencia (pues el oso o el tigre eran animales invencibles en el enfrentamiento), la omnipresencia (dado que el animal depredador era una amenaza que podía estar siempre acechando en cualquier parte) y la omnisciencia (puesto que el animal salvaje en todo momento sabía dónde estaba situado el hombre, pero el hombre no siempre sabía dónde el animal podía estar escondido). Y precisamente en este sentido, en la actualidad muchos historiadores defienden que los hombres prehistóricos, en buena medida, expresaban en sus pinturas rupestres a los animales como poderosas entidades divinas capaces de arrebatarles la vida en cualquier momento.

2) Las religiones secundarias se comprenderían desde finales del Paleolítico hasta el Neolítico y aparecen debido a que, a lo largo de ese periodo, el hombre desarrolla la agricultura y logra domesticar a los animales. Al controlar el hombre a los animales, estos últimos quedan en un estatus de inferioridad y pierden su cualidad de dioses superiores. Dado que los animales dejan de ser algo desconocido, mágico y poderoso, todo el misticismo que estos atesoraban es expulsado a la única realidad que seguía siendo un misterio para el hombre: los cielos y la bóveda celeste. Es en este punto cuando los astros (los planetas) comienzan a perfilarse como los nuevos dioses de la humanidad. Por ejemplo, entre las religiones secundarias cuyos dioses se encuentran en los astros podemos encontrar la religión egipcia (en torno al 3.000 a.C.) con Ra (dios del Sol) o la religión romana (desde el siglo 753 a.C.) con Marte (dios de la guerra) o Júpiter (dios de dioses).

3) Las religiones terciarias abarcarían desde el 600 a.C. hasta alcanzar su plenitud en nuestro presente con el Cristianismo, el Islamismo y el Budismo. En esta etapa presenciamos la desaparición de las religiones secundarias, ante todo debido a que en la Antigua Grecia comenzaron a aplicarse los conocimientos matemáticos de la geometría para medir las dimensiones y las distancias entre los astros (tal y como hizo, por ejemplo, Aristarco de Samos en el siglo III a.c. al calcular la distancia entre la Tierra y la Luna por medio de la trigonometría). El punto clave reside en el hecho de que al aplicar la razón matemática a los planetas, el hombre entiende que los astros no tienen nada de mágico ni divino sino que, más bien, se tratan de simples piedras gigantes dando vueltas alrededor de la Tierra. De este modo, los astros llegan a ser comprendidos y pierden de esta forma todo su halo mágico y divino. Con ello, las divinidades terminan por ser expulsados fuera del mundo (más allá de los cielos) al no tener ya cabida en la realidad inmediata del hombre. Es entonces cuando aparecen las religiones terciarias (Cristianismo, Budismo, Islamismo y Judaísmo), cuyos dioses siempre provienen de una lejana realidad situada fuera de los confines de nuestro Universo.

En suma, tal y como afirma el libro El animal divino, a pesar de que las religiones primarias y secundarias están prácticamente extinguidas, su presencia fue tan fuerte en el pasado que a día de hoy todavía podemos encontrar restos o ‘refluencias’ de sus efectos. Por ejemplo, las constelaciones (Osa Mayor, Escorpio, Pegaso, etc.) son una mezcla entre las religiones primarias y secundarias, pues se trata de divinidades animales plasmadas en la bóveda celeste. La creencia en los extraterrestres (en realidad seres extraños con “apariencia animal” de mosca, gusano, insecto o bestia que vienen de “fuera del mundo”) son una fusión de las religiones primarias y las terciarias. O también cuando en la Biblia Dios se presenta como una paloma o el demonio como una serpiente estaríamos ante una composición propia de las religiones primarias y terciarias. O, por último, cuando en la astrología las influencias paranormales de los astros en nuestras vidas se representan a través de los signos del zodiaco (en realidad simbologías animalistas como leo, piscis, escorpio, cáncer, tauro, etc.), estaríamos ante una combinación entre religiones de carácter primario y secundario.

En conclusión, desde la obra El animal divino de Gustavo Bueno, la espiritualidad en el hombre tendría su origen hace unos 2 millones de años y provendría de algo tan básico y elemental como lo eran las primitivas y conflictivas relaciones de dependencia e inferioridad biológica con respecto a sus mayores rivales: los animales salvajes.

Julen Robledo: Licenciado en Filosofía por la Universidad de Oviedo (España), Máster en Historia y Análisis Sociocultural y Doctor en Investigaciones Humanísticas. Ha desempeñado su actividad docente en la Residential Special School of Sippola (Finlandia) y como Jefe de Investigación de la Facultad de Filosofía de León (México). Autor del libro Contra Žižek y actualmente profesor en la Universidad De La Salle Bajío.

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